No es la primera vez que hablamos sobre investigaciones relacionadas con
interfaces hombre-máquina que intentan valerse de los impulsos eléctricos del cerebro para
detectar cansancio en un conductor o, incluso, para
automatizar la conducción de un vehículo. Sin embargo, uno de los objetivos más ambiciosos es el de aspirar controlar, mediante impulsos cerebrales, piernas y brazos ortopédicos de manera que aunque sean artificiales le devuelvan al que las usa la capacidad de diferenciar texturas o el sentido del tacto. Un grupo de investigación de la
Duke University Medical Center de Carolina del Norte ha sido capaz de hacer que
unos monos controlen, mediante un interfaz cerebro-máquina, unos brazos virtuales logrando, además, diferenciar texturas.
Los investigadores, que tienen el foco puesto en el control de
exoesqueletos, ven las posibilidades que podría tener esta investigación en la mejora de las condiciones de vida de personas que sufren trastornos que afectan a la motricidad. Las pruebas, dirigidas por
Miguel Nicolelis y publicadas hoy
en Nature, consistieron en la utilización de
un par de macacos rhesus, de nombres Mango y Tangerine, que fueron entrenados, primero, en el
manejo de un brazo virtual mediante la utilización de un control (un
joystick). Mientras aprendían a manejar los controles, se les hacía que cogiesen objetos virtuales con dichos brazos, de manera que fuesen afinando su manejo para coger objetos de distintas envergaduras y texturas. Para que “sintiesen” la diferencia entre las texturas, se les aplicó una estimulación de microondas en la zona del corteza cerebral identificada con el tacto y cada vez que escogían el objeto señado, además, se les premiaba con comida.
Tras la fase inicial de entrenamiento, a los monos se les implantó una serie de cables en la corteza cerebral que, a su vez, estaba conectada al sistema de control del brazo virtual. Los monos, al recibir los mismos estímulos del experimento anterior, presentaban una actividad cerebral similar y el brazo virtual se movía para intentar coger los objetos si bien los movimientos eran mucho menos precisos. A base de repetir los ejercicios, los monos fueron capaces de controlar el brazo virtual, únicamente, mediante su propia actividad cerebral demostrando así la viabilidad de un interfaz cerebro-máquina. Pero el experimento no terminaba ahí, dado que los objetos simulados tenían texturas distintas, los monos fueron capaces de “sentir” un tacto distinto con cada uno de ellos y, por tanto, no todos los movimientos eran iguales.
Via:http://alt1040.com
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